Historia 7 (hermana 2)
Si estás más solo que la luna, dejate convencer...Joaquín Sabina
Que digan lo que digan…
Total a quien le importa lo que puedan decir los otros, esos que se cagan en uno sin ser demasiado eficientes en disimular.
Siempre le tocó la figurita difícil en el álbum de la vida y la verdad que no le arrugó demasiado al destino ni a la familia.
Desde chica que intentaba ser parte sin saber muy bien de donde, arañando las paredes de la infancia sin encontrar explicación a los silencios de los grandes y la repulsa de los otros.
Creció descaminada para algunos, contestataria y rebelde, ajena y maldita en el croquis del orden parental.
Se sumergió primero en peleas fútiles para terminar como simple ánima maldita que confundía ser alguien con la identificación de grupos ochentosos de rock extranjero.
El negro era su color, su definición de muerte en vida, el ataúd cromático que la guardaba cálida y segura en una memoria inventada pour la galerie.
Desde los catorce que tenía claro que lo suyo no era guardar el sexo en conserva y se prodigó sin reservas con cualquiera…qué más daba.
Nunca conoció el límite aunque le hubiera encantado sufrirlo, ser una parte más del mecanismo de las rutinas que veía cotidianas en los otros, en aquellos de familias de propaganda de productos de limpieza o de fideos y salsas.
La realidad la enmarcó en el sitio equivocado pero no estaba dispuesta a correrse del espacio ocupado, no porque lo valorara sino por simple aceptación y pertenencia.
Era una más en el contorno de ese grupo homogéneo y estrafalario que era su familia y no estaba dispuesta al exilio ni a la solitaria diáspora.
Era lo que era, vivía a calzón quitado sin que se le escapara una lágrima.
Era una colgadura más en la hilacha del abrigo de sus padres, una boca más para mantener, una caricia menos para confortar.
Era lo que era y nada más, para que buscarle más explicación al asunto.
Puta, si señor…
A mucha honra.
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jueves
Flores nostálgicas a la hora del té
Historia 4 (Hermana 1)
Silencio que no es silencio…Los tipitos
A quién no le gustaría ser como ella, frágil criatura de húmeda mirada y etérea figura que más que caminar parecía deslizar su imagen por los caminos de la vida.
Describirla sería no hacerle honor suficiente a su tímido encanto que llevaba consigo desde su concepción cuando pataleaba con vigor acompasado en el útero materno acompañando con sus movimientos el inicio de su historia y su carácter.
No hablaba mucho, sus palabras justas y medidas eran el corolario lógico a su frondosa imaginación, poblada de figuras en constante movimiento, muñecas parlanchinas, animales enormes y amigos imaginarios para la hora del té.
La escuela era un problema, si, no hay que negarlo. Las largas horas de estudio, sentada y en escucha atenta no eran para ella.
Como interesarse en operaciones matemáticas, en la vida de los próceres (qué sería eso, no?) , en el modo subjuntivo, en cuentos aburridos y olvidables año a año.
La vida era otra cosa…
Verdes praderas con unicornios retozando, árboles de colores pasteles que arrullaban a sus pies, lagos cantarines de melodías y lenguaje dulce e incomprensible, cielos de colores como chupetines deliciosos.
Y los ángeles, sobre todo ellos, firmes y serenos acompañantes en la inigualable hora del té, donde todos y cada uno adornaban la tarde en bandeja de plata, cofia de colores y música de pianola.
Qué fácil columpiarse en la risa de los otros, en el sonido de los pájaros desde el ventanal, en el tintineo de la porcelana de las pequeñas tacitas del servicio de té para muñecas, en las tortas de mentira que parecían reales en su forma y perfección.
Claro que la escuela no era para ella.
Quién podría entender cada uno de sus silencios.
Quién podría captar la mirada de alguien que no mira.
Quién podría interesarse verdaderamente en las obsesiones.
Quién podría estar dispuesto a meterse de lleno en ese mundo mágico e incomprensible de su autismo.
Quién podría hacerle entender a su familia que ella era solamente ella y no su enfermedad o patología.
Qué saben ellos si no pueden disfrutar de cada uno de sus ángeles ni de sus flores rotas en los jarrones de la infancia, de su mesita para el te poblada de amigos imaginarios, única compañía de su soledad autoconvocada por la inercia de los otros.
Qué saben ellos de su soledad.
Qué saben ellos realmente...
Silencio que no es silencio…Los tipitos
A quién no le gustaría ser como ella, frágil criatura de húmeda mirada y etérea figura que más que caminar parecía deslizar su imagen por los caminos de la vida.
Describirla sería no hacerle honor suficiente a su tímido encanto que llevaba consigo desde su concepción cuando pataleaba con vigor acompasado en el útero materno acompañando con sus movimientos el inicio de su historia y su carácter.
No hablaba mucho, sus palabras justas y medidas eran el corolario lógico a su frondosa imaginación, poblada de figuras en constante movimiento, muñecas parlanchinas, animales enormes y amigos imaginarios para la hora del té.
La escuela era un problema, si, no hay que negarlo. Las largas horas de estudio, sentada y en escucha atenta no eran para ella.
Como interesarse en operaciones matemáticas, en la vida de los próceres (qué sería eso, no?) , en el modo subjuntivo, en cuentos aburridos y olvidables año a año.
La vida era otra cosa…
Verdes praderas con unicornios retozando, árboles de colores pasteles que arrullaban a sus pies, lagos cantarines de melodías y lenguaje dulce e incomprensible, cielos de colores como chupetines deliciosos.
Y los ángeles, sobre todo ellos, firmes y serenos acompañantes en la inigualable hora del té, donde todos y cada uno adornaban la tarde en bandeja de plata, cofia de colores y música de pianola.
Qué fácil columpiarse en la risa de los otros, en el sonido de los pájaros desde el ventanal, en el tintineo de la porcelana de las pequeñas tacitas del servicio de té para muñecas, en las tortas de mentira que parecían reales en su forma y perfección.
Claro que la escuela no era para ella.
Quién podría entender cada uno de sus silencios.
Quién podría captar la mirada de alguien que no mira.
Quién podría interesarse verdaderamente en las obsesiones.
Quién podría estar dispuesto a meterse de lleno en ese mundo mágico e incomprensible de su autismo.
Quién podría hacerle entender a su familia que ella era solamente ella y no su enfermedad o patología.
Qué saben ellos si no pueden disfrutar de cada uno de sus ángeles ni de sus flores rotas en los jarrones de la infancia, de su mesita para el te poblada de amigos imaginarios, única compañía de su soledad autoconvocada por la inercia de los otros.
Qué saben ellos de su soledad.
Qué saben ellos realmente...
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